caballistas

Viajeros, arrieros y bandoleros

Viajeros Románticos

Los viajeros pedían recomendación para elegir la mejor fecha para visitar Ronda, y claro el consejo en muchas de las ocasiones era que a Ronda había que venir en Feria, por el clima, por la fama de la fiesta, y porque la Serranía se presentaba realmente hermosa. Son muchas las referencias y testimonios que tenemos de estos escritores europeos y norteamericanos del siglo XIX, que la describen a la perfección, en cuanto a su ambiente, vestimenta, mercados y actos que se celebraban. Y como muestra hacemos un recorrido por algunos de ellos: William Jacob nos describe las vestimentas, costumbres y características físicas de los rondeños allá por 1810: “Las mujeres suelen llevar vestidos amplios, de tal manera que es difícil precisar sus figuras. No usan sombreros, sino velos confeccionados con una franela azul pálido o rosa. Todos sus movimientos desprenden una gracia especial. Característico de los varones es el gorro de montera, de terciopelo negro o seda y adornado con borlas y flecos. La chaqueta es corta con botones de oro y plata y otras veces con bordados. Están muy bien proporcionados. Son robustos y activos, con una flexibilidad admirable en sus miembros, lo que sin duda contribuye a dotarlos de una agilidad sorprendente para saltar y escalar, por lo que son famosos. De alabar es la amabilidad con que tratan a los forasteros y sus modales, en general, son muy distintos de los palurdos campesinos alemanes e ingleses”. Para concluir diciendo: “…he contemplado el carácter de las personas que he conocido y, más que nada, las deslumbrantes peculiaridades de la región más pintoresca de Europa, que me han proporcionado miles de agradables sensaciones y de recuerdos en los que, con inusitado placer, me sumergiré el resto de mis días”.

Bandoleros de Ronda

Hablar de Bandolerismo en Ronda es hablar de los misterios, secretos y leyendas que esconden nuestras sierras. De aquellos forajidos del sistema que no entendían de leyes, como piratas en un océano de montañas y valles, sin patente de corso, pero sí con el favor del pueblo cuando eran avistados o arribaban a puerto; que se sentía orgulloso de ellos, de pertenecer a su misma raza. El bandolerismo existe desde que el mundo el mundo, pero fueron los viajeros románticos quienes convirtieron la historia de los nuestros en auténticos héroes legendarios. El fenómeno del malandrín, del facineroso, del bandido, del cuatrero siempre aparece a lo largo de la historia por inconformismo, por rebeldía, por necesidad de subsistencia: hambres, guerras, epidemias, revueltas, absolutismo… fueron el caldo de cultivo para la aparición, aceptación y ascensión del bandolerismo. España siempre ha sido considerada un país de bandoleros, con múltiples manifestaciones regionales, arrancando todas desde la época antigua, la romana; otra medieval, iniciada con la conquista musulmana y que se prolonga hasta el siglo XV; otra moderna, que tiene su apogeo durante el siglo del Barroco; y finalmente otra contemporánea que, iniciada antes de la guerra de la Independencia, se prolonga hasta el primer tercio del siglo XX. Los ciegos, con su “literatura de cordel”, siglos XVI al XIX, tuvieron un papel principalísimo, de larga tradición, sobre la transmisión oral de las hazañas bandoleras, ejerciendo una influencia fundamental en la conformación popular del bandolerismo. Estas narraciones encantaban al pueblo por su virtuosismo, manifiesto tanto en la expresión verbal o musical como en la fidelidad de sus relatos o en la calidad de los mismos, aunque la verosimilitud no era un factor relevante.

Arrieros de la Serranía

Todavía los más mayores y los que vamos alcanzando cierta edad recordamos los mulos, principalmente; burros y caballos, con sus serones cargados de mercancias, entrando y saliendo de Ronda. Recorrían los pueblos, los caminos entre ellos y llegaban hasta aquí para vender lo que portaban o comprar lo que iban a vender en otros lugares. La función de los arrieros en la Feria de Mayo era fundamental, transportaban lo que luego aquí se iba a vender. La Arriería era un mundo fascinante y realmente hermoso, aunque duro y penoso a veces. La relación de estos hombres con sus animales, recorriendo ferias, cantando coplillas por caminos y trochas que conocían a la perfección, era una estampa bellísima por estas Sierras, y sus paradas en las antiguas ventas y posadas, las ambientaban con su presencia. Merece la pena recordarlos y darles el homenaje que se merecen, pocos van quedando, pero algún que otro sigue con nosotros en este mundo moderno y totalmente transformado. Era una época de caminatas extenuantes por veredas de herradura, de amor a sus compañeros inseperables: las bestias (como también se les llamaban a estos animales), de encuentros con ladrones, con lobos, de anécdotas contadas en posadas y ventorrillos, de ferias y mercados, de subidas a puertos y bajadas por pricipicios, de canciones y chascarrillos, de aventuras comprometidas y de arriesgados encontronazos con las fuerzas del orden, por motivo de verse involucrados en los tortuosos mundos del contrabando y el estraperlo. Alrededor de este mundo de la Arriería prosperaron otros oficios como los talabarteros, herradores y seroneros, y toda una caterva de especialistas que tenían que transportar su mercancias como, neveros, corcheros, carboneros, aguadores, recoveros, caleros, cosarios, y un largo etcétera. Todos unos tiempos y oficios que prácticamente han perecido, pero que queremos recordar o dar a conocer para que no desaparezcan de la memoria etnográfica de nuestra Serranía.

Textos:

Faustino Peralta Carrasco